Del amor a la guerra hay un precio…

Del amor a la guerra hay un precio…

El 22 de junio de 1981 la frase “lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”, pasaba a la historia con la aprobación de la Ley de Divorcio, una polémica ley dada la oposición de la Iglesia católica y los sectores conservadores, pero muy esperada por parte de la sociedad en general y de las mujeres en particular, ya que suponía dar un paso más hacia la conquista de sus derechos. El caso es que, gracias a esta ley las parejas podían poner, de manera legal, un punto final en sus matrimonios si cumplían ciertos requisitos, ejerciendo así un derecho que hacía 45 años había sido arrebatado por el franquismo y avanzando hacia una sociedad más libre y madura.

Aprobada la ley no fue fácil para las mujeres y hombres de entonces dar el paso, pues la creencia de que la familia debía permanecer unida estaba tan arraigada en nuestra sociedad, que muchas de las parejas que iniciaban los trámites de divorcio, a veces ante la dificultad de sostener la culpa al sentirse responsables de la ruptura de su familia, y otras por la presión de las críticas del entorno, de esas miradas juiciosas y reprimidas que viven instaladas en el miedo, al final optaban por continuar con un matrimonio de amor muerto y viviendo una vida desgraciada.

Foto de Pexels

Sin embargo otras parejas sí pusieron un punto y final a sus matrimonios, aunque en muchas ocasiones, aconsejadas por sus propios abogados, iniciaron procesos de divorcio altamente conflictivos, duras y cegadoras batallas que llenaban de odio y rencor a quienes un día compartieron felicidad y que ahora se sentían como rivales y es que, las rupturas nunca son fáciles y son muchas las emociones que surgen, emociones que muchas veces nos sobrepasan, pero si encima se plantean como una lucha, la rabia, la frustración y el dolor se acrecientan y nos transformamos en verdaderos monstruos capaces de casi cualquier cosa para sentir que hemos ganado, aunque el precio a pagar es muy alto, pues en una batalla todo el mundo pierde y sobre todo, pierden los hijos.

Sí, sobre todo pierden los hijos, y las hijas, en aquellos casos en que los padres no se atreven a dar el paso y también en los que sí, cuando las personas que no son felices en sus relaciones de pareja utilizan a sus hijos como arma arrojadiza para dañar al otro, para someterlo, para chantajearlo, para verle sufrir, algo desgraciadamente muy habitual. Y de este modo, hay padres y madres que de forma sutil o burda inoculan la mente de sus hijos con comentarios que resaltan los defectos del otro progenitor, que se victimizan para obtener el cariño del hijo y poner al otro como el culpable de la situación, padres y madres que crean bandos, como en una guerra y que exigen que ese hijo (al que tanto quieren) tome partido y se posicione, sin comprender que con esos comportamientos devastan sus corazones, los aniquilan como seres que ya nunca podrán desarrollarse, como lo hubieran podido hacer, si sus padres hubieran sido capaces de acudir a una profesional de la ayuda terapéutica o de la Coordinación Parental, figura profesional de la que ya hablé hace un tiempo y que puedes leer aquí si te interesa conocer un poco más.

Hasta pronto!

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